Pensar en “sí”, pensar en “no” … la diferencia para el “éxito” personal y profesional.
En muchas ocasiones, cuando otras personas alcanzan lo que denominamos “éxito” personal o profesional, nos congraciamos en el mejor de los casos, y si consideramos que no hemos llegado a ese estadio de buen suceso podríamos reflexionar acerca de qué nos hace falta para lograrlo. Por supuesto, hablar de “éxito” implica referirse a un concepto sumamente subjetivado, relativo al contexto sociocultural, lo que para unos representa ser exitoso, no lo es necesariamente para otros. Por ello nos limitaremos a comentar brevemente el “éxito” en el contexto organizacional, con la venia y licencia de los lectores para entender como tal, el logro de las metas y objetivos previamente definidos individuales y colectivos, necesarios para que le organización destaque en su mercado, retenga y aumente sus clientes y sea rentable y eficiente en la gestión de los recursos utilizados.
En esta oportunidad compartiremos algunas reflexiones resultado de lecturas, estudios y escuchas, por lo que somos consientes que para algunos de los lectores estas páginas pudieran representar nada novedoso, circunstancia por la cual desde ahora apreciaremos su indulgencia y ofrecemos las correspondientes disculpas.
Ciertamente una buena parte de pensadores, filósofos y escritores consideran que el “destino” se encuentra escrito, de forma tal que independientemente de los esfuerzos que hagamos no podremos librarnos de este (también se le conoce como determinismo). Sin embargo, sin ánimo de despreciar a quienes así piensan y viven, estimo que la Humanidad existe para propósitos mucho más elevados y sublimes que aguardar la consecución de día tras día vegetativamente. La Humanidad y cada uno de nosotros que la integramos estamos dispuestos hacia la grandeza, ya sea que la deseemos o no, ella se encuentra a “la vuelta de la esquina”. Únicamente nos corresponde conocer que tan grande o pequeña puede ser esa “esquina” que nos separa de ese estadio o situación de vida de grandeza.
Aquí nos encontramos ante una de las primeras decisiones fundamentales del ser humano, a saber, estar -o no- dispuestos a buscar y abrazar esa grandeza (espiritual, mental, personal, profesional o inclusive material). Se trata de un convencimiento personal, muy íntimo, que se produce cuando hablamos con nosotros mismos y también callamos para que el silencio nos inunde y aleje el mundanal ruido que tanto distrae. Ese convencimiento personal no es para gritarlo a los cuatro vientos (no es vanidad ni orgullo), sino que representa la idea motora que energiza nuestras acciones, pensamientos y decisiones, trasluce en nuestro ser para todos los que comparten su vida con nosotros.
El convencimiento personal es una afirmación positiva que a su vez constituye el encendido que activa nuestro ser y nos enlaza con la energía que mueve al Universo. ¡Sí, somos seres energéticos! La materia que apreciamos en nuestros cuerpos en un nivel molecular básico está compuesta por partículas atómicas y subatómicas, que se mantienen unidas por su energía. Si quisiéramos representarlo en un ámbito más simple, tengamos presente que nuestros cuerpos además del alimento, aire y agua que tomamos casi automáticamente, estamos compuestos de electricidad que viaja en nuestro aparato nervioso. Los científicos han establecido que la elasticidad de las neuronas es vital para el intercambio “eléctrico” entre ellas, lo que finalmente constituye la actividad cerebral como es conocida hoy en día.
Aquel convencimiento personal que representa una afirmación positiva la podemos describir también como “pensar en sí”, debe convertirse en el “leitmotiv” de nuestras vidas, para enlazarnos con las fuerzas positivas universales, lo cual es también conocido y desarrollado con mucha más profundidad por autores, como la “ley de la atracción”. El pensamiento positivo constituye una motivación profunda que nos permite superar obstáculos diarios, pequeños y grandes, en la ruta hacia la grandeza. Pero qué sucede cuando actuamos en modo “pensar en no”, simplemente en lugar de simples “obstáculos” levantamos barreras que consideramos insalvables, unas más grandes que otras. Sucede como si tratáramos de aprender a conducir una bicicleta y nos encontráramos condicionados en modo “pensar en no”, una voz interior gritará “no puedes mantener el equilibrio”, “no puedes esquivar la piedra”, “no puedes dar pedal y a la vez mirar al frente”, finalmente sentiremos que nuestro cuerpo es tan pensado y la gravedad mucho más fuerte en ese instante y terminaremos en el suelo, con varios golpes y hematomas.
Pues bien, en las organizaciones sucede igual (¡y que decir en la vida real!), si nos enfocamos en las afirmaciones negativas y abrazamos el modo “pensar en no”, simplemente estaríamos saboteándonos. En efecto, en el modo “pensar en no” solamente apreciaremos y sobredimensionaremos los obstáculos y los: “es imposible”, “así no se puede”, “así no se hace”, “no sirve”, “así lo hemos hecho siempre”, “no sé cómo hacerlo”, “necesito más recursos”, “estamos sumamente ocupados”, “aquí nada sirve”, “nadie colabora”. El modo “pensar en no” exacerba el pesimismo, defiende el “estatus quo” para no dejar la zona de confort (buena o mala), convertimos las piedras en colinas, las colinas en montañas, las montañas en cordilleras, las paredes en murallas y las murallas en fortificaciones infranqueables.
Si enfrentamos el día a día y los retos particulares en las organizaciones en modo “pensar en sí” fomentaríamos la innovación interna y de las personas alrededor. El modo “pensar en sí” no constituye un remedio mágico hacia los retos y oportunidades de crecimiento (así prefiero llamar a los “problemas”), constituye una actitud de vida para construir sobre ellos. Por ejemplo, solamente con actitudes positivas no podríamos viajar a la Luna en un aeroplano, porque existen limitaciones que debemos superar poco a poco. Si pretendemos correr una maratón, sin antes practicar ningún tipo de deporte, primeramente y antes de provocarnos una lesión grave o un infarto, deberíamos iniciar con ejercicios constantes pero básicos, que nos permitan adquirir la condición física mínima necesaria para enfrentar satisfactoriamente una maratón.
En este punto alguien podría decir que, si la actitud positiva no constituye una solución “mágica” para superar las oportunidades de crecimiento y siempre nos enfrentaremos a limitaciones, se debe contar con un “poco” del modo “pensar en no” para mantener “los pies en la tierra”. Sin embargo, si con la excusa de tener clara las limitaciones existentes admitiéramos algo del modo “pensar en no”, invitaríamos la negatividad y el pesimismo en nuestras organizaciones, lo cual estimamos inaceptable.
La forma adecuada de enfrentar limitaciones, retos y oportunidades de crecimiento en las organizaciones es el modo “pensar en sí”, la actitud positiva nos mantendrá enfocados en nuestras condiciones, atributos y habilidades reales, para utilizarlas adecuadamente, sin pecar de ingenuos y desdeñar el esfuerzo individual y colectivo. La actitud positiva que se obtiene con el modo “pensar en sí” requiere de una programación consiente interna, que pasa por una adecuada sincronización neurolingüística. Esto se puede visualizar de la siguiente forma: hagamos el esfuerzo de erradicar a partir de ahora dos palabras de nuestro vocabulario, a saber, “no” y “problema”, si de manera clara, consiente nos proponemos eliminar estas palabras de nuestro léxico, condicionaríamos nuestro ser interior y exterior para enfrentar el mundo positivamente.
Algunos de nosotros mantenemos la palabra “no” a flor de labios, como si ello fuera lo primero que aprendimos a decir cuando niños, inclusive cuando se nos pregunta sobre ¿cómo nos sentimos?, respondemos primero “no” y luego “bien o mal” según sea el caso. Lo mismo sucede en las organizaciones, cuando en las reuniones se exponen nuevas iniciativas, es usual que interrumpamos sin permitir que terminen y lo primero que manifestamos es la negatividad a través objeciones, o simplemente nos oponemos porque estamos en desacuerdo.
Cuando enfrentamos los “retos” y “oportunidades de crecimiento”, partimos del conocimiento interno propio, para reconocer nuestras habilidades, fortalezas y competencias, que sin duda nos acompañarían en el camino hacia la superación y solución de los retos. Este conocimiento interno en modo “pensar en sí” facilitará la planificación que todo proyecto implica (grande, pequeño o mediano), tal y como hace un constructor para edificar una casa, inicia por la preparación del terreno para colocar las bases y partir de ellas las columnas centrales, paredes y el techo.
Sin embargo, no debemos extrañarnos si en algún momento -aún en modo “pensar en sí”- nuestros esfuerzos no rinden frutos de acuerdo con la planificación; en esos instantes debemos redoblar los ímpetus, aprender de los errores, revisar y modificar los planes cuando sea necesario. Cuando actuamos en modo “pensar en sí”, la constancia, insistencia y perseverancia son ingredientes esenciales.
Las caídas son inevitables, existen para levantarnos, cada escollo nos enseña humildad y fortalece nuestra voluntad, nos permite replantear estrategias y mejorar la determinación para no perder el norte hacia la grandeza.
Lic. Manfred A. Sáenz Montero, Esp., MBA.
