Comencemos con la afirmación de que el ser humano es complejo por sí mismo y se vuelve aún más gracias a la interacción con otras personas.
En algunos casos, las interrelaciones que las personas tienen entre sí son el vehículo por medio del cual cada individuo puede lograr o potenciar aquellas metas que quiere para su vida.
Pero la calidad o la relevancia de los objetivos o metas que cada persona se impone o desea -y que puede lograr mediante la interacción con otras personas- depende en cierta medida de la escala de valores que cada quien posea.
Así las cosas, un mismo objeto como el dinero por ejemplo, puede tener distinta importancia para una persona y para otra, precisamente por la importancia que cada una de ellas le conceda a este en función de su escala de valores.
Es así como alguien que gaste una cantidad de dinero de una forma determinada podría ser juzgado por otra persona como de “despilfarrador” o de “ahorrador”, dependiendo de qué tan relevante resulte el dinero según la escala de valores de la segunda.
Existen, por otra parte pero de forma paralela a lo anterior, cuatro elementos en común que pueden generar conflictos internos y sociales: la avaricia, las escalas de valores heterogéneas que exaltan el beneficio propio antes que el común (de una forma desproporcionada), la corrupción y la búsqueda de poder.
Todas las personas se plantean metas que tienen como propósito mejorar su calidad de vida y de asegurar mayores y mejores oportunidades. Esto naturalmente supone en primer lugar un beneficio personal que podría luego derivar o no en un beneficio colectivo, dependiendo de cada caso. Se espera, en el mejor de los casos, alcanzar una meta gracias a las interrelaciones con los demás en donde el beneficio personal se dé y que de paso los demás también se beneficien o cuando menos no resulten afectados.
Entonces en un principio, esto no constituye un problema en el tanto las metas personales no generen importantes distorsiones que afecten las metas o las condiciones de otros individuos. Esto permite conservar la naturaleza social del ser humano y mantener sus niveles de convivencia entre todos, potenciando o promoviendo la sana competencia y la promoción de ideales.
El inconveniente se da cuando las personas plantean metas que les proporcionen beneficios que socialmente estén muy alejados de las pretensiones habituales o normales de las demás personas; y que adicionalmente, se logren mediante un camino que saque provecho de los demás sin observar el impacto o las consecuencias en contra durante el proceso de consecución.
Cuando esto se da, se está ante un escenario plagado de egoísmo e incluso ante un actuar anti-social, pues al querer asegurar solamente el éxito personal desmesurado, existe una patología que concede poca o nula importancia al daño que se pueda provocar a otros en el proceso.
Por eso se mencionaban cuatro elementos como desencadenantes de comportamientos conflictivos.
Por ejemplo, los responsables de la crisis del 2008 iniciada en Estados Unidos con la combinación peligrosa de hipotecas, manejo irresponsable de niveles de riesgo y prácticas de especulación en el mercado financiero concedieron mucha importancia al afán de riqueza y al ostentar mayores niveles de poder, siendo esto para ellos tan gratificante como la droga para alguien que la consume.
Lamentablemente, el despertar de esta avaricia no les hizo considerar la afectación que implicaría para muchas personas o simplemente no les importó, con lo cual el daño se consolidó. Por eso se habló incluso de una actuación anti-social en ellos, pues al no estimar las consecuencias de sus actos o no importarles, atentaron socialmente contra los demás, siendo esto contrario u opuesto al sentido de convivencia.
Lo anterior puede venir desde más atrás si en el caso de estas personas, se observan escalas de valores desvirtuadas, en donde los valores que las integran así como la magnitud de cada uno, difieren de las estructuras que el resto de las personas comúnmente organizan. Con esto, se parte del principio de que las escalas de todas las personas están formadas por valores distintos y a cada uno cada persona le otorga una relevancia determinada; pero en general, es posible identificar tendencias socialmente habituales, tales como la relevancia que se concede en común a valores como el respeto, la vida o la honestidad.
Los responsables de la recordada crisis evidenciaron no conceder una relevancia socialmente común a valores que habría restringido su actuar del modo en como lo hicieron.
Finalmente en ese proceso que aumentaba su avaricia, este tipo de personas resultaron fácilmente tentadas a incurrir en prácticas de corrupción en la medida que se alcanzaran mayores niveles de poder, de manera que lograra ejercer una influencia negativa e incluso perniciosa en los organismos rectores del sistema económico (como los bancos centrales, las comisiones legislativas, el ejercicio de ciertos miembros de gabinete en gobiernos, entre otros) así como en los entes públicos o privados que posean determinada credibilidad (tales como las calificadoras de riesgo), con tal de hacer cumplir sus intenciones.
El problema, consumado, hace que las cosas caigan por su propio peso y que el castillo de naipes se desintegre.
A fin de entrar en materia, es posible afirmar también que la moral y la ética son elementos importantes en el comportamiento de las personas.
Por un lado, la moral dicta a nivel social lo que es adecuado y aceptado por el bien y la paz general de la sociedad, mientras que la ética determina la probidad y la rectitud del desempeño de un profesional en su campo.
Ambos elementos son libremente escogidos por las personas y permiten que tanto las metas como los medios para alcanzarlas cuenten con una “regulación o control”, de manera que los planes de una persona se ejecuten con cierto equilibrio que permita alcanzar los propósitos establecidos de una forma “social, moral y profesionalmente aceptables”.
Cuando alguien se separa de estos elementos, se generan distorsiones importantes que afectan a todos los miembros de la sociedad.
En un Estado de Derecho como el nuestro, por una parte se requiere que cada persona sea crítica de sí misma a fin de que constantemente evalúe su actuar en la sociedad, de manera que con ello practique la reflexión de sus actos, y eso la lleve a examinar el nivel de avance de sus metas y la forma en como puede seguirse beneficiando, provocando cambios a través de las interrelaciones con los demás seres humanos.
Sin embargo, por otro lado se requiere que exista una serie de regulaciones cuyo objetivo sea orientar las acciones que cada quien libremente decida realizar en la consecución de sus propósitos. La intención de esto es que se desarrolle una adecuada seguridad jurídica.
Esto es importante, ya que no es prudente apelar solamente a la voluntad de acción de cada quien porque colectivamente se caería en la anarquía. De modo que debe existir un equilibrio entre la voluntad de cada quien y el fin social que asegure una correcta convivencia.
Como parte de esto, deben entonces existir mecanismos que además de orientar puedan restringir y corregir las desviaciones importantes que no sean consideradas morales o éticas y que provengan de parte de individuos como los descritos en el ejemplo de la crisis financiera del 2008.
En síntesis, comportamientos anti-sociales como los vistos frecuentemente en algunas personas de manera cotidiana podrían evitarse o reducirse si primero las personas lograran desarrollar esa auto-criticidad que los llevara a reflexionar sobre sus actos inclusive antes de hacerlos; y si además la sociedad como tal ejerciera con pragmatismo mejores normas morales y éticas que orienten, regulen, juzguen y corrijan los casos que se alejen de aquello que permita alcanzar una sana y próspera convivencia entre todos, bajo un contexto de la mencionada seguridad jurídica.
La ética, como se apuntó anteriormente, es un elemento indispensable como parte del desarrollo profesional de cualquier persona.
Ser ético es atender no solo las necesidades que de cada profesión se desprendan, sino además vigilar que el ejercicio de esta se realice mirando el cumplimiento de los preceptos morales que garanticen una adecuada acción social.
Evidentemente el ejercicio de la profesión conlleva un beneficio personal y no contradice lo que hasta el momento se ha comentado sobre la relación implícita entre personas y propósitos, pero mediante la ética es posible equilibrar la obtención de ese beneficio de manera que la sociedad resulte beneficiada o no experimente un daño.
Por ello es necesario que el profesional no solo domine cada área de su especialidad, sino que decida ser ético.
La ética igualmente concede al profesional el poder ser un juez de sí mismo y elegir el camino correcto dependiendo de cada circunstancia.
Hay que tener claro que existen límites en un contexto social, y que estos límites deben respetarse.
Cada profesional tiene la libertad, según su conocimiento y el temor al Imperio de la Ley del que deriva recíprocamente el Estado de Derecho, de apegarse o no al cumplimiento de los límites socialmente impuestos; a sabiendas de que puede verse expuesto de correr con las consecuencias por sus actos. Nuevamente en ese punto, la ética dicta el camino al profesional que la sabe aplicar.
En mi opinión, el profesional se desempeña en uno o varios campos con la esperanza de poder contribuir a sus objetivos personales y alcanzar sus metas, beneficiándose y beneficiando a los demás; una clara remembranza de lo que conlleva "ganar-ganar"
Pero en ese proceso, no debe separarse de un actuar ético y responsable. Antes bien, debe renunciar a cualquier conducta que deteriore la moral y la convivencia social.
Pues si lo hiciere, él mismo atentaría contra uno de los fines más importantes de la vida: el vivir de manera tranquila y con sentido de realización.
